Poco después de cumplir dieciséis años, Virginia Woolf escribe en su diario: «Necesitaría la piel de un rinoceronte para seguir viviendo, y no la tengo».
Yo era muy joven cuando decidí, que, si quería vivir siendo yo, iba a necesitar una coraza que me resguardase del mundo. Imaginé en aquel entonces que me vestiría con la piel de la piedra, así resistiría frente a la vida y, mientras, podría desarrollar mi mundo interior sin temor, a resguardo del dolor de un mundo, al que sentía que no pertenecía.
En este libro, como en mi vida:
Los poemas de amor son siempre de mujer a mujer. «Te escribiré», «Universos».
Los de dolor, del dolor de ser diferente, del ser ásperger: «Sufrimiento azul», «La piel de la piedra».
Los enfados: «Lúgubre, lóbrego y tenebroso» y también las alegrías: «La esperada» son de mi manera de ser.
Los recuerdos más hondos de ser de Asturias: «Pepín», «Habitaciones de paso».
Y al final, un yo, al que siempre le han gustado los lances y desafíos, una invitación al juego en «Entre líneas».
Nada está terminado de escribir hasta que está acabado de leer.